Maldita serendipia I

2Hay un par de cosas que debes saber de mí, una es mi torpeza natural al afrontar situaciones cotidianas, y la otra es mi torpeza natural al afrontar las situaciones no tan cotidianas. Así que sí, podríamos establecer que soy absoluta y completamente torpe en todos los aspectos de mi vida. No soy una de esas chicas que van por ahí como si les perteneciera el mundo, ni mucho menos, en lugar de eso me preocupo de mirar por dónde voy para no tropezarme. Tampoco soy una de esas chicas que derrocha confianza y deja huella allá dónde va y en quien conoce, suelo pasar más bien desapercibida. Y doy gracias por ello, porque llega un momento en la vida, en la que una ya no puede pasar por más situaciones incómodas y embarazosas, así que prefiero quedarme en la retaguardia rodeada de la gente que me hace sentir cómoda. La retaguardia entiende, la retaguardia no cuestiona, no te mira con cara de pocos amigos ni se ríe de tu incompetencia social. Quedarse en segundo plano es seguro, y te diré algo más, las vistas son privilegiadas.

Así que aquí estoy, apoyada en la barra del bar detrás del grupo de gente con el que he salido a tomar algo después de clase. “Ven con nosotros, Lara” “Seguro que nos echamos unas risas” “Además, tenemos que conocernos mejor” Sinceramente, no me apetecía nada, pero por miedo a parecer asocial, y pese a que decir que no me hubiera sacado del apuro en el momento, reconozco que si voy a compartir más de 6 horas al día con mis nuevos compañeros de clase, será mejor si hago el esfuerzo de conocerles ahora. Antes de que dejen de querer conocerme ellos a mí y antes de que dejen de incluirme en sus planes. Sus fiestas. ¿Se supone que la vida universitaria trata de esto, no?

“Lara, quieres otra?” Una cara de rasgos más bien redondos y amigables me devuelve a la Tierra, creo se llama Pablo. ¿O era Dani? Sinceramente, no me acuerdo de los nombres de las 15 caras nuevas que me rodean.

“Estás aquí apartada del grupo sin hablar con nadie ¿O te han contratado para aguantar la barra?” dice con una sonrisa mientras levanta las manos “No seré yo quien se interponga en una misión tan importante”. Sí, creo Pablo podría caerme bien.

“Me has pillado, ese es mi único propósito esta noche” Le respondo con humor “Y gracias por la oferta pero creo que me voy a ir retirando.”

“¡Qué! ¿Tan pronto? Vamos, pero si acabamos de llegar y te has tomado sólo una cerveza” Dice mientras me da un botellín que pidió sin hacer caso de mi negativa “Además este sitio es sólo la primera parada, las chicas quieren ir después a algún sitio a bailar” Dice Pablo con una gran sonrisa mientras mueve las caderas como si bailara salsa. No necesito girarme y mirar al resto de chicas del grupo para saber que van mucho más arregladas que yo, no necesito bajar la mirada y repasar la ropa que elegí esta mañana para saber que una camiseta que pone “Pizza? Count me in”, unos vaqueros y mis converse blancas no es el conjunto más adecuado para salir a bailar. Y el problema no es la ropa en sí, me encanta mi camiseta y no envidio a las chicas en tacones desde la posición en la que mis cómodas converse me otorgan, el problema es que no es un outfit adecuado para salir con el grupo de estudiantes de derecho en el que me encuentro. Y seguramente me voy a llevar la ronda de miradas en el sitio de turno que elijan para ir a bailar.

Justo en el momento en el que abro la boca para soltarle a Pablo una historia en la que explico que tengo mañana un compromiso importantísimo al que no puedo faltar porque se trata de un asunto de vida o muerte y se me requiere en pijama y en la cama en 30 minutos exactos o el mundo se acabará, noto el vibrador de mi móvil. Cuando lo saco del bolsillo del pantalón veo el nombre de Cris en la pantalla.

“Perdona, tengo que cogerlo” Le digo a Pablo mientras cojo la cerveza que me ha puesto delante “Y gracias por la cerve” Sonrío mientras me aparto del grupo con el botellín en una mano y el móvil en la otra.

“¡Cris! Tienes un sentido de la oportunidad perfecto!” Grito en el teléfono por encima de la música mientras me arrincono en el pasillo que conecta la barra con los baños.

“No me digas que estás teniendo la noche de tu vida y llamo para interrumpirlo todo, porque te cuelgo ahora mismo” Me dice amenazante.

“Qué va. Más bien lo contrario, estaban a punto de descubrir la bomba de humo que me dispongo a soltar para irme a casa. Te voy a llamar Cris, El Salvador a partir de ahora” Cris es mi mejor amigo de siempre y compañero de piso desde hace solo unas semanas. Vivimos en un piso de 3 habitaciones con otro chico que se llama Rober, al que elegimos tras un arduo proceso de selección en el que entrevistamos a la escalofriante cifra de 3 personas, incluido el mismo Rober. Las dos personas que se presentaron para ver la habitación antes de Rober nos hicieron replantearnos el tema de buscar a gente por internet. El primero no conseguía levantar los ojos de mi pecho para hacer contacto visual, dime quién quiere vivir con eso cada día, y la segunda persona era una chica a la que le sobraba entusiasmo y energía hasta el punto en el que puede considerarse un problema. Hasta ese punto en el que quieres tirarte por la ventana de la cocina si te la encuentras antes de tomarte un café por la mañana. Así que cuando Rober entró en casa con sus niveles de energía controlados y haciendo contacto visual al hablar, no le hizo falta mencionar que tenía una televisión de 42 pulgadas, la decisión estaba tomada de todas maneras. Aunque quizás debería haber empezado por la televisión, no voy a negar que me parece incentivo suficiente.

“Lara, en serio, vas a compartir los años más importantes de tu vida con esta gente. Haz el esfuerzo” Cris siempre suena exasperado cuando quiero escaparme de situaciones en las que me veo obligada a socializar.

“Hago el esfuerzo, pero es que quieren ir a bailar. Cris, las chicas parecen fashion bloggers, de verdad. Si salgo con ellas con las pintas que llevo, va a parecer que me he escapado de la guardería” Le digo mientras inconscientemente me miro la camiseta.

“Pero qué más da lo que lleves, además te encanta bailar. No lo niegues” Es cierto, me encanta bailar y es así, no soy tímida en ese sentido, pero tampoco quiero que mi debut social tenga desenlace del Titanic cuando no me dejen entrar en el sitio de turno por la pinta que llevo, dejando así mi inexistente reputación en el fondo del mar durante el resto de la carrera.

“Llevo la camiseta de “Pizza, count me in”, Cris. Mi camiseta grita peperoni mientras los outfits de las chicas de mi clase gritan fashion week.” Le digo a Cris mientras agito frustrada mi cerveza en el aire.

Ahora solamente oigo risas al otro lado de la línea.

“Me alegra saber que alguien se lo está pasando bien esta noche, aunque sea a costa de mis desgracias” Quizás sea mi cerebro dándole la bienvenida al alcohol de mi segunda cerveza, pero a estas alturas de la conversación tengo la frente apoyada contra la pared. Frustrada, y al ver que Cris no deja de reírse, no me queda otra que colgarle. Me meto el teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros, levanto la cabeza de la pared mientras suspiro y me doy la vuelta para irme. Salgo del bar para adentrarme en esta sorprendentemente calurosa noche de septiembre y dirigirme a casa pero hay algo que me para los pies.

Quizás debería decirles algo. No, ya daré explicaciones el lunes en clase. Si es que alguien me pregunta, ¿espero a caso que alguien me pregunte cuando ni siquiera estoy haciendo el esfuerzo de despedirme de ellos? Creo que la respuesta es sí, pero aun así no soy capaz de acercarme al grupo de gente a decir nada. En el momento en el que decido irme a casa igualmente y doy un paso al frente, se pone a llover. Miro al cielo levantando los brazos “No voy a considerar esto una señal”.

Doy un paso más y un trueno es seguido por más lluvia todavía. “En serio, has visto mi camiseta, karma, así no puedo ir. ¡Y menos ahora!” Grito empapada mientras agito los brazos en el aire otra vez.

“A mi me parece una elección de camiseta interesante” Dice una voz que no reconozco.

Me giro y me encuentro con una figura alta y encapuchada que me ofrece un paraguas. O quizás me estén atracando con un paraguas, sería la manera perfecta terminar esta noche.

Abro y cierro la boca varias veces hasta que consigo decir algo “¿Por qué?” Y sí, no sé si estoy preguntando que por qué mi camiseta le parece interesante o por qué me está atracando con un paraguas.

“Toma, ya estás empapada pero esto quizás marque la diferencia entre coger una pulmonía y no hacerlo” Me dice mi atracador.

Me dispongo a aceptar su oferta y a coger el paraguas, pero en el último momento dudo y dejo caer mi mano para fijarme antes en la figura que tengo delante. Está oscuro donde nos encontramos, pero estoy segura de que es un chico joven por su voz. No le veo bien la cara, ya que tiene la capucha del chubasquero puesta y la única farola cerca del bar está justo detrás, haciendo que su sombra se alargue misteriosamente.

“Cógelo, en serio” Insiste mientras agita el paraguas delante de mí. “Es un paraguas de esos de un euro o dos, pero yo tengo un chubasquero”.

Lo considero durante unos segundos más, mientras me pregunto por qué un desconocido le regalaría a nadie un paraguas en medio de una tormenta cuando otro trueno rompe mi hilo de pensamiento.

“Si no es muy bueno, no me va a valer de mucho en esta tormenta” Le digo mientras lo abro.

El chico encapuchado echa la cabeza hacia atrás y se ríe. Es una carcajada natural y sonora, y me sorprende escucharla en medio de esta tormenta. Mientras da un par de pasos hacia atrás, empieza a negar con la cabeza, todavía riéndose y mirando hacia el negro cielo. Cuando por fin me vuelve a girar la cabeza hacia mí, ya unos pasos más lejos y detrás de la farola, me sorprende encontrarme unos ojos verdes mirándome intensamente. “¿Pizza? También puedes contar conmigo”. Me dice justo antes de girarse e irse.

Por esta razón soy torpe frente a situaciones cuotidianas y no tan cuotidianas. Un extraño de ojos verdes me ofrece un paraguas en medio de la tormenta perfecta y no le doy las gracias sino que le ladro una queja.

Me doy la vuelta y me voy. Ya está bien de fracasos sociales por hoy.


M.E.

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